Juan de la Virgen del Castellar (Juan Francisco Joya Carralero). (1898-1936).

Nació en Villarrubia de Santiago el 16 de mayo de 1898, y fue bautizado en la iglesia parroquial de San Bartolomé dos días más tarde. Su infancia fue difícil; siendo muy pequeño murió su madre; su padre, hombre rudo e incrédulo, no lo daba buen trato porque el muchacho era de índole piadosa y decía que quería ser religioso. Fue monaguillo en la parroquia del pueblo, y era considerado un niño «muy bueno, que se portaba bien con todos los chicos», según lo recordaba un anciano del lugar.



Cuando tenía 16 años se marchó a trabajar a Madrid, a una tienda de combustibles en la calle del Príncipe, cerca de la iglesia de los trinitarios de la calle Echegaray. Frecuentando la iglesia, conoció la Orden y pidió entrar en ella. Fue admitido para hermano cooperador, tomando el hábito en Algorta en 1918; escogió el apellido religioso «de la Virgen del Castellar» por devoción a la Patrona de su pueblo natal. La profesión simple la realizó en 1920. Poco después fue enviado por los superiores a Santiago de Chile, donde emitió la profesión solemne en 1923. De Chile fue trasladado a Buenos Aires (donde destacó como catequista en el Colegio «Madres Argentinas»), y de allí a Roma (convento de San Carlino) donde residió entre 1930 y 1932. Tras un brevísimo período en Madrid, fue enviado a Belmonte, de donde fue conventual hasta su muerte.



Fray Juan era de temperamento jovial y alegre. Fue un buen sacristán, portero y sastre. En Belmonte fundó la Pía Asociación de la Santísima Trinidad (sección de niños) y la Asociación del Niño Jesús. Devotísimo de su patrona, la Virgen del Castellar, compuso y editó una novena que durante muchos años fue practicada por la gente de Villarrubia de Santiago. Llamaba la atención, a quienes le conocieron, que siendo un hombre con poca preparación intelectual, fuera capaz de ser tan buen pedagogo y de tener tantas iniciativas educativas coronadas con el éxito; su bondad, sencillez, alegría e imaginación suplieron en él la falta de estudios.

En plena guerra civil, fue apresado en el convento de Belmonte junto a tres de sus hermanos trinitarios, Luis de San Miguel de los Santos, Melchor del Espíritu Santo y Santiago de Jesús.

De su caridad habla elocuentemente el detalle de que, habiéndose podido poner a salvo, no quiso dejar solo al Padre Luis en el convento. Cuando lo detuvieron quisieron fusilarlo en la misma portería, y fue objeto de burlas, insultos y amenazas. Cuando lo sacaron de la prisión de Belmonte para llevarlo a Cuenca, dijo estas palabras a la mujer del carcelero, que tenía varios hijos en las asociaciones trinitarias: «Lo que más siento son los niños de la Cofradía de la Santísima Trinidad, que los dejo para siempre ahora que tanta falta les hace la educación cristiana». En la cárcel se comportó como un religioso ejemplar, ayudando en cuanto podía a sus compañeros, en constante oración. Aprovechaba las cartas del P. Santiago para enviar mensajes a sus amigos, los niños: «A Crucete, de parte de Juan, que salude a los demás niños y que sean buenos» (14-8-36). «Encargue a Crucete y a Pepito, de parte de Juan, que recomiende a los niños pedir mucho a nuestra Patrona la libertad» (24-8-36).

El día 31 de julio, los cuatro religiosos encarcelados fueron llevados en un camión a la cárcel provincial de Cuenca, donde permanecieron hasta el 20 de septiembre, en que fueron «puestos en libertad». Esta «libertad» era en realidad un engaño; bajo apariencia de legalidad, se liberaba a los presos, teniendo todo preparado para que fueran capturados por milicianos armados que podían asesinarlos a su antojo. Los cuatro fueron de nuevo detenidos y llevados al cuartelillo de la «Hacienda Vieja».

En la madrugada del 24 de septiembre fueron fusilados a las puertas del cementerio de Belmonte (Cuenca). Allí fueron enterrados, en una fosa común.

Juan contaba con solo 38 años de edad y parece que era consciente de la certeza del martirio, pues cuando examinaron sus restos, en 1939, le encontraron en un bolsillo del pantalón un papel en el que había escrito: «Soy Juan Joya Carralero, de Villarrubia de Santiago (Toledo)», con lo cual se le pudo identificar. Sus restos fueron sepultados en un panteón, dentro del mismo cementerio de Cuenca.

El 24 de enero de 1953, los restos de los cuatro mártires fueron exhumados y trasladados a la iglesia conventual de Belmonte. Actualmente sus restos se veneran en la capilla del Santísimo de la iglesia de San Juan de Mata, de los trinitarios de Alcorcón, junto al de sus tres compañeros mártires trinitarios.

El 28 de octubre de 2007, fue beatificado en Roma como mártir por el papa Benedicto XVI, asistiendo a ella una numerosa representación de Villarrubieros.



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