Santuario del Castellar o Castillo de Tormón



A cinco kilómetros de Villarrubia de Santiago, en un cortado sobre el río Tajo, y en el límite norte de la comarca de La Mesa de Ocaña, se encuentra la Ermita o Santuario de la Virgen del Castellar.

El propio topónimo Castellar nos pone sobre la pista de que este enclave ya pudo ser habitado en tiempos mucho más antiguos que en los que se dice se construyó la actual ermita -siglo XIX-; parte del propio material constructivo, que parece reutilizado, la propia Virgen del Castellar, de aspecto tardorrománico y la existencia de un yacimiento arqueológico de la Edad del Hierro que fue destrozado durante la construcción del hotel existente junto al santuario, nos indican que aquel lugar, hoy en día bastante solitario, fue bastante frecuentado desde tiempos bien lejanos. No obstante, bajo el actual altar de la ermita se dice existe una cueva que, a buen seguro, pudo ser un lugar de culto a antiguas divinidades en conexión con los antiguos cultos de la Madre Tierra y también eremitorio medieval, así, en estos parajes se encuentran de los pocos eremitorios conocidos en la comarca, además de la existencia de aguas medicinales que, en su momento, fueron recomendadas por el propio Ramón y Cajal; un elemento -aguas curativas- que, en muchas ocasiones, era motivo de sacralización. A todo esto hay que sumarle la propia simbología que reúne la Virgen del Castellar.

El Castellar visto desde el valle del río Tajo

Antonio Martín Asperilla en la presentación de su Guía Mágica La Mesa de Ocaña en Villarrubia de Santiago, 7 de junio de 2014, comentaba lo siguiente:

"Se piensa que debajo del Santuario de El Castellar pudo haber un templo dedicado a una diosa antigua. La Virgen, la Madre de Dios, la Virgen cristiana, es claramente una identificación de la Gran Madre, que era desde tiempos prehistóricos una forma de llamar a la Tierra. La simbología que encierra la Virgen del Castellar enraiza mucho con las imágenes que tenemos de las antiguas diosas de épocas ancestrales. La imagen de las antiguas vírgenes sentadas, viene de las representaciones de Isis y Horus, y la Virgen del Castellar, también es una virgen sedente. En la Edad Media hubo una vuelta, otra vez muy importante, al culto a la Gran Madre, a la Madre Tierra. Como no se podía hablar, abiertamente, de este culto, lo que hicieron fue extrapolar a la Gran Madre con la Virgen María y la dieron sus mismos atributos. Perséfone, como la Virgen del Castellar, también lleva una granada en la mano, como símbolo de poder. Perséfone era la reina del inframundo, la esposa de Hades, pero también era la diosa de la agricultura y sus cultos comenzaban y terminaban, como la Virgen del Castellar, al principio de la primavera y el final del verano."


Tormo es lo mismo que "peñasco suelto, terrón", en este caso significa " peñón o peñascón". El canónigo Sebastián de Cobarrubias, que describe en el siglo XVI, dice que tormo "es peñasco eminente desatado de otros, pero de piedra viva....". Es un peñasco dominante, al lado sur del Tajo. Es probable que se trate de un vocablo ibérico o céltico, puesto que su estructura, según Corominas, sugiere un origen indoeuropeo.

El castillo de Tormón, bien pudo formar parte de una serie de fortalezas situadas al sur del río Tajo, de esta línea defensiva, musulmana primero y después cristiana, fueron piezas notables Oreja, Torrique, Alboer y Alharilla, ocupada por los castellanos reconquistadores.

Alfonso VII hace de Oreja el centro defensivo de la referida línea. Oreja, como ya dijimos, fue la antigua Aurelia romana, fundada posiblemente por el emperador de estirpe hispánica Marco Aurelio (161-80). Fortaleza mora, es tomada por vez primera por los castellanos del conde Alfonso Fernández el Calvo, en el año 1139.

Ya en época más reciente, pero siempre en Alta Edad Media, sobre el abandonado castillo de Tormón, se levanta un nuevo nivel de población, llamado El Castellar, nombre que recuerda la existencia del viejo castillo, en donde acabaría construyéndose la ermita de ese nombre, con una imagen que, pasando el tiempo, sería la patrona de Villarrubia.

Imagen de 1940

ERMITA EL CASTELLAR - Estilo: Popular | Época: XIX - Origen precristiano
Una nave dividida en tres tramos y cubierta por bóveda de cañón con lunetos. La capilla Mayor cubierta por cúpula de media naranja sobre pechinas, se pasa a ella a través de un gran arco triunfal doble de medio punto.

Los almorávides construyeron y reedificaron algunos castillos fortificados al borde de los escarpes yesíferos que dominan la vega del Tajo, como son los castillos de Oreja y de Castellar (ambos en el término de Villarrubia de Santiago), Albuher (en Villamanrique de Tajo) y La Alharilla (en Fuentidueña de Tajo). Actualmente, Castellar y Alharilla se conservan como ermitas.

Tras la derrota de Uclés y hasta 1139, cuando Alfonso VII conquista el castillo de Oreja, toda la margen izquierda del Tajo quedó bajo dominio musulmán. Este tramo de la frontera fue muy disputado, hasta que bajo el reinado de Alfonso VIII, con la conquista del castillo de La Alharilla por parte de la orden militar de Santiago y la posterior conquista de Cuenca en 1177, se asegura el dominio cristiano en la zona. Con este hecho el problema que surge es la repoblación de las zonas deshabitadas para poder mantener el dominio de las tierras, lo cual ya es base de comentario en otros artículos del blog.

Vista del Castellar en el año 1960.

En el año 1974 se finaliza la última restauración del Santuario:

"En las fachadas Norte y Sur del edificio, figuraba una serie de habitaciones y corredores, que en su día tuvieron su cometido para albergar a los trabajadores del campo que faenaban por aquella zona alejada del pueblo, pero que en la actualidad no eran necesarias. Esto restaba esbeltez al Santuario, a la par que estaba dañando la estructura del edificio. La bóveda de la nave central, presentaba una preocupante grieta en la clave, debida al fallo de la cubierta que era arrastrada por la acción de las citadas habitaciones.
Por encima de todo se trataría de resaltar la índole religiosa del edificio, de manera que conservara el tradicional aspecto de siempre, de nuestro Castellar.
Las obras consistirían fundamentalmente en demoler las dependencias y corredores de las fachadas laterales para aliviar las cargas sobre la bóveda y porches exteriores. Con ello quedarían al descubierto de los imponentes muros de la nave central y el ábside, así como los contrafuertes de la bóveda central y los porches exteriores de ambas fachadas Norte y Sur.
Para aumentar la iluminación diurna del interior se abrirían seis rosetones laterales en la zona superior de los muros principales y un gran ventanal transparente en el coro.
El coste estimado de las obras era importante y las posibilidades de la Hermandad limitadas, pero era necesario arrancar sin demora, de modo que su presupuesto inicial se fijó en un millón de pesetas."

José Navacerrada de Loma - 40 aniversario de la rehabilitación

Resultado de Inversiones y Financiación - Septiembre de 1976

Detalle imagen exterior 1977

Imagen de retablo 1982

"Me he desviado de la ruta para acercarme al Santuario de la Virgen del Castellar. Unos pocos kilómetros de revueltas y una construcción limpia, encalada, casi andaluza. La Virgen está primorosamente vestida y alhajada. Es menudita y morena. La cara bonita le resplandece junto a los pliegues del rostrillo. Me dice la guardiana que esa cara es lo único que queda de la imagen, quemada durante nuestra guerra. Como tantas otras Vírgenes españolas, fue encontrada por un pastor en el escondrijo en que la guardaron manos piadosas para liberarla de profanaciones cuando la invasión de los árabes. Pero yo no se si la cara de esta Virgen es demasiado perfecta para ser tan antigua. Las imágenes primitivas no suelen tener este óvalo tan dulce, esta armoniosa distribución de rasgos. Salgo de la Ermita con dudas históricas, pero con un piropo en el corazón para esta Virgen pequeña y bonita. Los sevillanos tenemos muy arraigada esta manera de entender la devoción."
Cayetano Luca de Tena - Texto publicado en ABC el 1 de Julio de 1986.



Vistas desde el mirador de la Ermita

Fuentes:
Anales Toledanos - Diputación Provincial de Toledo - Biblioteca Virtual de Castilla la Mancha
realacademiatoledo.es
Colectivo Calamita - El río Tajo a su paso por Madrid.
Historia del Santuario y célebre imagen de Ntra.Sra. de Texeda - Univerdidad de Alcalá 1779
Libros de Fiestras Patronales
iberiamagica.blogspot

Trofeo de fútbol "Virgen del Castellar"




A continuación se incluye la Pequeña historia de cómo nació el trofeo de fútbol "Virgen del Castellar", contada por Gregorio Montesinos Díaz y contenida en el libro de fiestas patronales de 1995 y reimpresa en el del año 2014.



"En el mes de agosto del año 1963 y una tarde entrenando al equipo en el campo que teníamos donde hoy está el parque, un joven sacerdote que por entonces se encontraba en el pueblo como coadjutor con don Celedonio, llamado don José Jiménez Oliva y el que esta pequeña historia escribe, acordamos fundar el trofeo de fútbol «Virgen del Castellar».

Pusimos manos a la obra rodeándonos de un grupo de buenos colaboradores y con su ayuda sacamos adelante este magnífico proyecto.

Acordamos que, el día 5 de septiembre, todos los años se jugaría un trofeo que llevaría el nombre de Ntra. Excelsa Patrona. Para iniciar el primero nos marchamos una tarde a Aranjuez poniéndonos al habla con el Colegio Loyola, justamente con el padre Fuentes que nos recibió con mucho cariño y ellos fueron los primeros en inaugurar este Trofeo.


El viaje a Aranjuez lo hicimos en un camión cargado de cubas, el citado don José, Manuel Nieto y un servidor que era el que tenía la misión de entrenar al equipo. A éste le bautizamos con el nombre de Club «Estrella del Castellar». Recuerdo que los primeros que compusieron aquel equipo fueron Antonio «el chato», Quintín, Berna, Villanueva, Granados y Félix que era el capitán, Loren, Crespo, Alfonso, Fifla y Chiripa, de suplentes Angel «pelos», Valerianos, Segovia y Antonio «el castañero».


Durante mis años de entrenador se ganaron doce trofeos y fueron muchos los jugadores que participaron en su conquista. Hago una relación de todos los que recuerdo pidiendo me perdonen si alguno se queda sin mencionar, teniendo para ellos el mismo cariño que a los que menciono: Reíllo, Faustino Pino, Bienvenido Guzmán, Astorga, Foncho Lara, Angel Serrano, Rafa «el canario», Nino Cobacho, Angel «matamoros», Gollito, Poli, Juanjo, Pepe García-Gango, Pepillo, Vicente, De la Torre, Raúl, Francisco Clara, Julio Jesús, Cuesta, Nino «el moreno», Paco Escribano, Tino Clara, José Mañas, Miguel Crespo, Juan Pedro, Camilo Pérez, Antonio Joya, y los que vinieron de Ocaña, como Santia, Manzano, Puskas y Luci, de Noblejas también vino Pedro y alguno más.


También recordamos a los buenos colaboradores que tuve, como Poli Baeza, Antonio Campos, Enrique Castellanos, Felipe Martínez, Teodoro Escobar, Jesús Saturio, Nicasio Campos, Lalo y el ya mencionado anteriormente, Manuel Nieto. Como la de Benito Mudarra que fue el encargado del vestuario.


Estoy seguro que los que no conocieron esta etapa de la vida, quizá les diga muy poco esta pequeña historia del Trofeo «Virgen del Castellar», pero sí puedo asegurarles que los que participaron en todos estos partidos lo hicieron con la ilusión de dar tardes de gloria y alegría a nuestras fiestas y honraron con sus triunfos a Nuestra Querida Patrona, que fue la que les dio fuerza suficiente para conquistarlos.


Voy a recordaros uno de los versos que dedicamos a Nuestra Virgen cuando hacíamos la ofrenda de la copa ganada:

«Tú que calmas a las tempestades y eres Faro de la mar bravía Eres la Paloma mensajera que proteges toda nuestra vida. Os adoramos porque en Vos creemos por ser refugio de todo peregrino y para nuestra alma Sois consuelo que nos hace de vivir tranquilos.»"

Gregorio Montesinos Díaz




Inocencio Redondo Ibáñez




Villarrubia de Santiago. 28 de diciembre de 1838 - 20 de noviembre de 1916, Madrid.

A las siete y cuarto de la tarde del día de los Santos Inocentes, 28 de diciembre, en Villarrubia de Santiago, nació un niño al que se puso por nombre Inocencio.
Sus padres, Ignacio Redondo, también nacido en Villarrubia y Manuela Ibáñez de Noblejas, estaban muy lejos de sospechar que su hijo llegaría a ser Académico correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, dibujante, escultor, restaurador y arqueólogo.

En su expediente del Archivo de la Academia de San Fernando, consta que de los años 1857 al 1862 fue alumno de la Escuela Superior de Pintura, escultura y Grabado. Allí cursó las asignaturas de Anatomía y Perspectiva, Modelado y Composición, Dibujo por antiguo y Modelado, Modelado por el natural y Composición y Dibujo por el natural. En todas ellas, obtuvo la calificación de sobresaliente. En Modelado del natural y Composición y en Dibujo, sobresaliente con Documento de Honor y con Premio, respectivamente.


Durante esos cinco años, Inocencio fue discípulo del escultor Josep Piquer i Duart (Valencia 1806-Madrid 1871), el cual había iniciado su formación en el taller de su padre, el también escultor José Piquer, entonces director de la Academia de San Carlos de Valencia. Josep Piquer, tío y también profesor de Joaquín Sorolla, aparece por Madrid en 1830. En 1836 fue enviado por la Corte a México, Estados Unidos y París como experto en neoclasicismo, tendencia desde la que Piquer evolucionó hasta el romanticismo de 1845. Regresó a Madrid en 1841, y es nombrado «escultor de Cámara» de la reina Isabel II, de la cual realiza la famosa escultura en mármol que preside el vestíbulo de la entrada al Congreso, y director de Escultura de la Real Academia de San Fernando.

Bajo las enseñanzas de Piquer, Inocencio Redondo realiza una escultura del filósofo y teólogo Jaime Balmes (Vic, 1810-Barcelona, 1848), que presentó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1862.
Según refleja el catálogo que recoge el evento (Archivo Biblioteca Real Academia Bellas Artes San Fernando), la escultura de Balmes figuraba en la sala XIII, pero no se ha conseguido localizar el paradero actual de tal escultura.

Los años de permanencia en León (1863-1897) conformaron una intensa etapa en la vida de Inocencio Redondo. Llega a León desde Madrid con 25 años, y allí conoce a la leonesa Gervasia Tejerina Blanco (León 1846 - 1894), hija de Romualdo Tejerina y de Celestina Blanco. Se casan el 30 de noviembre de 1865, en la iglesia de San Juan de Renueva y tienen seis hijos: Celestina, Gervasio (pintor como su padre), Francisco, Pilar, María y Dolores.


La mayor de todos, Pilar (León, 12 de octubre 1870 - México, 5 marzo 1957), fue bautizada en la iglesia de Santa Marina la Real. El mayor de sus hijos varones, Francisco, heredó de su padre la afición al dibujo, y unas excelentes condiciones para ello.
La familia vivió en la calle del Rastro Viejo, n.° 1, próxima a la muralla e inexistente al día de hoy a consecuencia de las obras del ensanche, comenzadas en 1898.

Al año de su casamiento, Inocencio Redondo fue nombrado catedrático numerario por oposición de la asignatura de Dibujo lineal, Adorno y Figura, del Instituto Provincial, o General y Técnico de León, según Real Orden del 13 de Septiembre de 1866.
Tomó posesión el 25 de septiembre y, por orden del regente del Reino, el 15 de julio de 1870 fue confirmado en el cargo.

Llevado de su gran preocupación social, don Inocencio, desde octubre de 1866 hasta septiembre de 1874, simultaneó su cátedra con clases gratuitas de Dibujo, con aplicación a las Artes y Oficios, para obreros y artesanos en la Real Sociedad Económica de Amigos de León.

El 10 de enero de 1871, según consta en el Archivo del Ministerio de Fomento, Inocencio Redondo obtuvo el segundo lugar en la oposición a la plaza de profesor de Escultura de la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, vacante que dejaba el escultor Juan Figueras y Vila (Gerona 1829 - Madrid 1881), para pasar a ocupar la cátedra de Modelado Antiguo y Ropajes, en la Escuela Superior de Madrid. Figueras también fue alumno de José Piquer, y participó junto a Inocencio Redondo en la Exposición Nacional de Bellas Artes celebrada en 1862. De Juan Figueras es muy conocida la escultura a Calderón de la Barca, colocada en la plaza de Santa Ana de Madrid.

En cualquier caso, la carta en que se hace referencia a él en el epistolario (Hemeroteca Memorias de Colonias - Biblioteca Digital de Castilla y León), dice que Inocencio quería establecer una colonia en la Abadía de Arbás (Puerto de Pajares), proyecto que por la razón que fuera no se llevó a cabo. Más tarde, las colonias leonesas fueron a Asturias, a las playas de Salinas, en 1895 y 1896.

En sesión celebrada el 28 de junio de 1880, la Escuela de Bellas Artes de San Fernando nombra a Inocencio académico correspondiente (con voz, pero sin voto). El 9 de agosto, la Academia remitió un oficio a la Comisión de Monumentos de León, merced a la cual Inocencio Redondo fue aceptado como miembro, y toma posesión el 14 de diciembre de 1880.


A imagen de las existentes en la antigua Grecia, las Academias de Bellas Artes comenzaron a crearse en la Europa moderna a partir del siglo XVII. La primera de ellas fue la Academia de París, que ya estableció un código de normas internas y un programa de los estudios que podían cursarse en ella.

En España, las citadas academias comienzan a aparecer en la segunda mitad del siglo XVIII, bajo el reinado de Fernando VI. La primera fue la de Madrid, denominada Real Academia de Nobles Artes, hasta que el rey Carlos III decidió, el 12 de abril de 1752, que pasara a llamarse Real Academia de Bellas Artes de San Femando, en honor a su padre. A partir de 1744, se comenzó a formar un Archivo-Biblioteca con los fondos bibliográficos y documentales existentes.

En la actualidad, el archivo de esta Academia posee más de 800 manuscritos y cerca de 4.000 legajos, que van desde el siglo XVIII hasta nuestros días, y entre los cuales se encuentran los informes de las Comisiones Provinciales de Monumentos Históricos y Artísticos.



Fuente: Libro "El entorno de Rafael Altamira"
Inocencio Redóndo Ibánez, Suegro de Rafael Altamira (pag.47)
Universidad de Alicante

Soldados villarrubieros de la Guerra de Cuba (1898)



"Al cruzar las playas españolas, madre mía, no tuve novedad, al dejar a mi madre llorando, hijo mió, dime a dónde vas".

De esta forma empieza la canción de los soldados españoles en Cuba. Desgraciados jóvenes que fueron embarcados, hace más de un siglo, para luchar en tierras de ultramar; desgraciadas familias, sometidas al horror incomprensible de una guerra absurda, agigantada por la distancia, con una inmensidad de agua como la del océano Atlántico de por medio.
Algunos padres, mejor informados, sabían algo de lo que estaba ocurriendo en Cuba, pero se negaban a aceptarlo; las madres, sumisas, se refugiaban en el silencio, en la soledad, esforzándose en no perder la esperanza, en conservar la fe en lo sobrenatural, en algún milagro.

Puesto de Cascorro (Provincia de Camagüey)- Regimiento de Infantería María Cristina núm. 63. El 22 de septiembre de 1896 comienzan las hostilidades en este punto.

Crucero español Reina Mercedes, hundido en la entrada de la bahía de Santiago de Cuba


Victoriano Encinas, Guillermo Fernández Rojas, Modesto Baeza, los hermanos Juan y Florentino Loma, Juanorro, Jorge "el viejo", Ricardo "Socorro" y Manuel Barranco, todo ellos hicieron el viaje de ida y vuelta a La Habana.

Durante la celebración de la XIV Semana Cultural de 1998, coincidiendo con el centenario de la pérdida de Cuba (3 de julio de 1898), se honró la memoria públicamente de este puñado de villarrubieros que conocieron las penalidades de las travesías transatlánticas, la brutalidad de la guerra y del enfermizo clima tropical.

Se llevó a cabo mediante la representación del minidrama titulado Carta de Cuba, pieza breve inspirada en personajes y situaciones que se dieron en Villarrubia hace más de cien años. Una carta con el dibujo de un barco y una fotografía, así como un cuaderno que, a modo de diario, escribió Guillermo Fernández de Rojas de su puño y letra, durante los nueve años que permaneció en la isla caribeña, sirvieron para fundamentar la pequeña aventura escénica.


Al descorrerse las cortinas del escenario de la Casa de la Cultura se veía una palmatoria con una vela encendida sobre una mesita. A la derecha, con la cabeza inclinada, cubierta con un gorro negro y los brazos lánguidamente cruzados, Florentina Felisa Granados, la madre de Guillermo, sentada en una silla baja. Aparece el cartero gritando con alborozo «¡Carta de Cuba!», pero Florentina está tan ajena a todo cuanto la rodea, que no comprende el significado de las palabras que acaba de oír. Fallan todos los intentos del cartero por suavizar la atmósfera de dolor en que está sumergida la mujer.

Llega el marido, Juan Fernández de Rojas Joya, quien, por el tono de su voz, descubre el elevado estado de tensión en que vive. Florentina conserva la carta apretada contra su pecho Juan siente la necesidad permanente de hacer algo. Viene de ver la postura de la oliva de las Animas (efectivamente, esta viña era de su propiedad), plantada por capricho de Guillermo y ya prepara un viaje al Pozuelo para traer una carga de agua. La actividad le salva del recuerdo opresivo y humillante. Del choque de ambas actitudes; la pasiva e indiferente de Florentina y la hiperactiva de Juan, nace el conflicto matrimonial, se encauza y configura el drama.

En la carta, fechada en Guanajay, el 29 de agosto de 1866, Guillermo se acuerda de la proximidad de las "funciones" del pueblo, de su pueblo, de Villarrubia de Santiago. Eso da pie a Juan para decir en voz alta la forma en que piensa contestar a la carta de su hijo. Le dirá que las fiestas de este año también han sido flojas, y que la gente se acordaba de un muchacho alegre, buenazo, inocentón, famoso por su valentía en los encierros. Llega a decir: "Qué tardecitas nos dabas, sobre to a tu madre". Al oir este comentario, Florentina empieza a lloriquear. Juan le grita "¡No llores!", petición que ella no atiende. Encorajinado y con paso firme, Juan se dirige hacia donde luce la vela. Permanece quieto, meditativo, mirando fijamente la llamita, hincha los pulmones de aire y la apaga de un ruidoso soplido.
El escenario queda patéticamente a oscuras. El cartero desaparece. El asombro detiene el llanto de Florentina. Segundos después, en la oscuridad, Juan enciende una cerilla y con mano temblorosa, la aplica al pabilo de la vela. El escenario recupera el penumbroso alumbrado eléctrico de antes.
Es la culminación del drama conyugal y el principio del desenlace. Todo en silencio. El drama por la ausencia del hijo continúa hiriendo en lo más vivo del alma.

Conducción de un Cañón Culebrina a la Isleta, por tramos via ferrea portatil. el mes de Agosto del año 1897

La vela encendida era un símbolo para la madre: la vida de Guillermo, la conservación de su salud, la idea esperanzada de su regreso. Pero también es para el padre -por eso la apaga- símbolo de cosas tan terribles como las causas de la guerra de Cuba y que haya tenido que ir su hijo,- símbolo de instituciones que rechaza, de políticos ineptos,- símbolo de honores y beneficios obtenidos por algunos a costa del sufrimiento y la sangre de otros. Pero, cuando se percata del abandono en que deja a su mujer durante esos segundos de oscuridad total, es cuando se decide a devolver a la vela su inocente llamita.
Pasa Juan por delante de Florentina, más paralizada y sola que nunca, y desaparece... para inmediatamente reaparecer con los brazos abiertos.
Sobre el largo e intenso abrazo, correspondido con ternura por Florentina, comienzan a cerrarse lentamente las cortinas, mientras empieza a oírse, con acento quejumbroso y melancólico, la Canción de los soldados españoles en Cuba, igual que al principio: dos voces preciosas, nítidas, que sonaban como si viniesen de muy lejos en el tiempo y en el espacio.


Las voces cantoras fueron la de Esperanza Bayo y la de Antonio Trigo. De la dirección se ocupó Miguel de la Fuente, quien asimismo disertó sobre interesantes aspectos políticos y estadísticos de la contienda hispano-cubana. La interpretación corrió a cargo de tres de nuestros más conocidos y admirados actores: Felisa Granados como Florentina, Jesús Ramos como Cartero, y Julio Andrés Granados como Juan, quienes acertaron a transmitir con intensidad el sentimiento dramático deseado.
La joven Montserrat de la Nieta leyó el prólogo con soltura y segundad. La obra emocionó al público que asistió a las dos representaciones.


Fuente: Manuel Fernández Nieto
Libro de Fiestas Patronales 1998